[…]pequeña y dulce

corazón coraza.

[Mario Benedetti, Corazón coraza]

Iba a hablar de cine pero no. Esta semana me vuelvo a quedar con historias de papel, con capítulos ordenados en versos y finales que se entrelazan. Quería recuperar un poema de Luis Alberto de Cuenca, ya que me van a mí los poetas de la casa, para que luego se diga. Y cuando lo leo, me entran ganas de devorarlo rima a rima, derretirlo en mi boca, mientras espero. Porque de tras de cada poema se esconde una persona, una Gala de Dalí o una Beatriz de Dante, al igual que detrás de cada persona se esconde poesía. Sin ponernos sentimentales, temas aparte. Como bien dice Marwan:

Yo subía las escaleras de su cuerpo,

ella se tiraba de mi abismo.

Hacíamos una buena pareja.

Siempre nos encontrábamos a medio camino

de su caída y de mi ascenso

y daba igual todo, que subiéramos o bajáramos.

Lo importante era que en algún punto,

aunque fuera breve,

ella y yo nos encontrábamos.

Eso es la poesía.

[Marwan, ¿Qué es la poesía?]

 

Aquí no estamos para hablar de poesía, ¿o sí? Aquí, en definitiva, personas acaban hablando de personas. Aquí no estamos para mencionar la piel de nuestra memoria y lo poco que olvida, y el porqué leemos historias ajenas para recordar las nuestras propias.

-¿Qué es eso? -Yo no lo entendí entonces -asentí cansino.

-Me dijo que la memoria es como una cebolla que tiene muchas capas. En la más profunda está la verdad, lo que somos, lo que realmente somos, el lugar al que pertenecemos, nuestro origen, el olor de nuestra madre, el semblante de nuestro padre… Y me dijo que al crecer vamos formando nuevas capas, encerrando ese corazón. Y cuánto más crecemos, más capas aportamos. La vida va creando nuevas pieles, a veces tan gruesas que incluso nos apartan de los recuerdos más inmediatos; así que los más lejanos o profundos… -Y si perdemos la piel de la memoria…

-Lo perdemos todo -acabe sus palabras.

[Jordi Sierra i Fabra, La piel de la memoria]

 

No queremos amores de plástico, así como tampoco recuerdos borrosos. A veces preferimos que nos inyecten un poco de memoria en vena, que atraviese todas nuestra capas. No queremos desayunos a medias, queremos desayunos con sabor a domingo contigo. Y que las tostadas salten y se ruboricen, que la cafetera gruña, que la leche se termine calentando: desayunarte.

Me gustas cuando dices tonterías,

cuando metes la pata, cuando mientes,

cuando te vas de compras con tu madre

y llego tarde al cine por tu culpa.

Me gustas más cuando es mi cumpleaños

y me cubres de besos y de tartas,

o cuando eres feliz y se te nota,

o cuando eres genial con una frase

que lo resume todo, o cuando ríes

(tu risa es una ducha en el infierno),

o cuando me perdonas un olvido.

Pero aún me gustas más, tanto que casi

no puedo resistir lo que me gustas,

cuando, llena de vida, te despiertas

y lo primero que haces es decirme:

«Tengo un hambre feroz esta mañana.

Voy a empezar contigo el desayuno».

[Luis Alberto de Cuenca, El desayuno.]

 

Parece que el frío se lleva todo menos el fuego de un poeta…¡Que queme, que queme! Por algo les gusta remover las brasas, descomponerlas como Nicanor hace con su antipoesía:

 

[…] Se respira una atmósfera cansada

De ceniza, de humo, de tristeza:

Lo que se vio una vez ya no se vuelve

A ver igual, dicen las hojas secas.

Hora del té, tostadas, margarina.

Todo envuelto en una especie de niebla.

[Nicanor Parra, Preguntas a la hora del té]

 

Amor, tiempo, dos tic tacs incesantes con tendencia a consumirse. Y por eso cogemos corazón y espada, armadura cerrada en campo abierto, adiós de despedida, y como kamikazes conducimos nuestra mano al papel hasta que la tinta deja marca. Por ello me gusta a veces no entender la poesía: es como cuando hablas y no te escucho, quedándome enredada en ojos que miran palpitantes. Pum, pum…¿Qué decías?

 

Morder la tostada, sabor a la quemada noche anterior. La ausencia se digiere tan mal como una taza vacía.

 

[…] Pero tú te has llevado mi paz en tu maleta,

los hilos del teléfono, la calle en la que vivo.

Tú has mandado a mi casa tropas ecologistas

a saquear mi alma contaminada y triste. […]

[Luis Alberto de Cuenca, Mal de ausencia]

 

Por eso hay poetas, para romper barreras, atravesar capas, moldear la realidad como arcilla. Y quizás leyéndolos rompamos nuestro cascarón de acero, y reconozcamos que somos tan frágiles como un verso, que pierde su rima cuando falta una de sus palabras. Lo admito, no somos duros, no siempre tenemos hambre de poesía, pero poesía son hechos, y lo que sí que estamos dispuestos es a comernos la vida.

[…]Ahora bien, si lo degustas cual un flan,

Cucharada a cucharada,

Si te relames, si entrecierras los ojos,

Si te olvidas del mundo, si lo acabas,

Si te quedas vacío por la ansiedad de haberlo devorado,,

Si te arrobas satisfecho

Por haber alimentado tu espíritu, entonces,

Descubriste “el poema”.

[Raúl Ferreiro Figueroa, El Flan]

Larga vida a la poesía que habla de ti.

 

GRANIMAGINADOR

Carmen Valencia

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