Imaginemos una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, por ejemplo Madrid... Si no hubiera personas, Madrid podría ser definida, por quien la viera, ciudad fantasma. Esta obviedad nos lleva a otras: que observar a sus gentes es más importante que hacerlo a sus plazas, monumentos o edificios; a fin de cuentas son aquéllas quienes dinamizan el ambiente (el de una urbe vivita y coleando); ¿qué es un jardín sin flores?, ¿una acera sin transeúntes?, ¿unas calles vacías de coches conducidos por seres humanos? -es que, al paso que vamos, serán robots los conductores del futuro (por desgracia)-, ¿o un parque de juegos sin niños?... Así, pues, observemos... Comprendimos hace tiempo lo que guarda la palabra "persona", o sea máscara pero, es una careta o capa primera, que cubrimos con otras: perfilarse una barba; usar auriculares para escuchar música en plena vía; llevar puestas unas gafas negras opacas; andar sobre tacones lejanos (porque el punteo de esos pasos puede escucharse, entrada una noche, en varias manzanas a la redonda); lucir una cresta en el pelo; calzar deportivas de marca... ¿Qué podría ser imperioso en la ciudad de Madrid? ¿Acaso lo ingenuo?, ¿lo imposible?, ¿lo improbable?...

-¿Que por el centro de la ciudad solo circulasen taxis, guaguas, bicis, coches de servicios, etc.,, pero no turismos (salvo excepciones por urgentes)?

-¿Que Madrid recuperase el tranvía?

-¿Que volviera la figura del sereno (desaparecieron en la década de los 70)?

-¿Que las tascas instalaran, tras las barras, cubas y toneles?

-¿Que los alcaldes dejasen sus cargos tras un año (a lo sumo) de mandato -lo de mandar es un decir, teniendo en cuenta (quien lo tenga) que hay poderes superiores al corregidor y de lejos (¿nunca mejor dicho?), para que quede la impresión de que no se apoltronan, o no los apoltronan (¿más bien esto último?)-.

-Que el madrileño se mirase más a los ojos del otro, y no tanto en las pantallas de los teléfonos móviles, los ordenadores portátiles otros cacharros de similares técnicas (de manipulación mental).

-Que la palabra (no el cotorreo) sirviese para reconocer en el ciudadano madrileño a una persona hospitalaria.

-Que bajase el nivel de contaminación en el aire que respiramos. También la acústica. Un viaje por Madrid es una aventura por el mundo, el universo, la vida, la existencia… Tu verdadera ciudad eres tú mismo, y siempre habitas en ella, da igual si te encuentras en Barcelona, Lisboa, Cuzco o Segovia: a cada instante moras en tu espacio intransferible. Así y todo, Madrid es una prolongación espaciosa (algo más de 600 km2 de sitio) por la que puedes experimentar sensaciones de libertad (nos referimos a su provincia, pero también a sus parques). Si eres feliz y estás contento, dar un paseo por Madrid te puede resultar de lo más agradable. Si el verano da paso al otoño en un tránsito armónico; si dos seres humanos se juran amor eterno; si el acto de respirar te llena de una sustancia más sutil, divina y misteriosa, que el ordinario aire que inhalamos -nitrógeno, oxígeno (otros gases) y otras partículas, algunas perniciosas para nuestra salud (polvo, contaminación)-; si las emociones negativas no hacen acto de presencia en tu ciudad encantada: tu mundo intransmisible o individualidad; si la mirada fija de un gato se fija en tus ojos fijos, para fijar su resplandor de gato en tu reflejo de madrileño o gato…; entonces, eres afortunado... Solo podemos disfrutar de la dicha en trozos, incluso en poemas.

Escribimos este poemario para darle rienda suelta a nuestra contemplación diaria. La calle es una casa de los espejos, y en ella nos vemos reflejados, nunca iguales, en movimientos blandos y distorsionados, en expresiones irreconocibles, en otros, incluso en cosas, y sobre todo en espacios móviles, movimientos continuos, profundos, sombríos, y a veces fulgentes. Serán retazos, encadenamientos, escrituras automáticas, desvergüenza, pluma deslenguada, etc., aunque también afectos, explícitos o encriptados.....

 

Libro de poemas

La Calle

 

Publicado en amazon

 

 

 

 

 

Regresar al inicio